No recuerdo el momento exacto en el que nació mi pasión por los residuos fecales. Tendría cuatro o cinco años cuando empecé a formar figuritas con mis heces a falta de plastilina. Hombrecitos, cochecitos, serpientes..., yo estaba hecho un verdadero Donatello en potencia, y la abundancia de material estimuló mis creaciones. Pronto llegó el primer y tímido bocado, que abrió la puerta a unas desenfrenadas comilonas familiares, ya que me llevaba a la boca los zurullos de toda mi parentela. Era frecuente encontrarme con la cabeza metida en el inodoro para ver si pescaba algo con los dientes.
En el colegio se formaban corros de niños en torno a mí a la hora del recreo, como crías de pájaro a la espera de que su madre les distribuya el sustento. Frente a sus tristes bocadillos convencionales, el envoltorio de papel de aluminio de mi almuerzo escondía una jiñada de primera calidad.