Pocos lugares hay en el planeta Tierra en los que me sienta más a gusto que en las librerías. El tiempo se detiene mientras repaso parsimoniosamente pasillos con cientos de volúmenes llenos de sabiduría o esparcimiento a la espera de que alguien los tome en sus manos. El olor a papel, familiar y extrañamente embriagador, lo envuelve todo y me coloca en éxtasis.
Y en ese preciso momento en el que mis pies ya no tocan el suelo es cuando la voz de una palurda me devuelve al suelo con gran dolor: "Mira, Umberto Eco... eco, eco... eco...". En mi interior se produce un horror vacui de furia que me llega hasta las puntas del cabello. "Jajaja, sí, sí, eco, eco", responde otra criatura cuyo cráneo alberga una masa fofa y negruzca. No transcurre ni medio segundo y mi mangual ya se ha estampado en el rostro de la primera bastarda, salpicando a la otra de sangre y porquerías varias.


