Un estruendoso y salvaje eructo me abduce de raíz del fantasioso mundo de los sueños. La sinfonía procede de la calle, de modo que me asomo a la ventana para descubrir la identidad del intérprete. A la luz de la pálida Selene, vislumbro a un individuo desvergonzado orinando en la pared del edificio de enfrente. Un segundo regüeldo, éste menos escandaloso, vale decir estertóreo, supone el punto final a la excreción de sus líquidos en la vía pública. Ante semejante ignominia no puedo hacer menos que pensar en arrojarle el cuadro que preside mi habitación, que por cierto no alberga fotografía ni dibujo alguno, sino que está vacío. Desgraciadamente, mi lanzamiento se produce con tan poca técnica que el cuadro se me escurre entre los dedos, cae al suelo y el cristal se hace añicos. Mis pies desnudos pisan los punzantes fragmentos, y no puedo evitar dar pequeños saltos de dolor que dañan aún más mis extremidades inferiores. Para cuando logro salir de ese atolladero, mis delicadas bases no son sino masas sanguinolentas. Intento reparar los daños aplicándome unas curas básicas.
Poco queda para el amanecer, y debido a mi carácter noctívago no puedo evitar salir de mi casa para recorrer la localidad, no sin antes vestirme con
mi indumentaria de astrónomo. Las heridas me molestan en gran medida, pero yo marcho con paso decidido, casi furioso, y procuro despejar mi mente del dolor corporal.