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domingo, 27 de abril de 2014

Pedante agobiante anda suelto

Ya lo dije en una ocasión, y lo vuelvo a repetir: no soporto a los pedantes. Esa gente que para dar los buenos días precisa de diez minutos para alabar el calor de los rayos (ultravioletas, infrarrojos, vallecanos, etc.) y veinte para encomiar la bondad de la vida en sí.

Pues bueno, si además de no callarse ni debajo del agua, uno se las da de místico y de endiosado, el cóctel deja de ser indigesto para ser venenosamente letal. Esto es lo que sucede con Fernando Sánchez Dragó, una de esas personas insoportables que están por todas partes pero a nadie le gustan. A mis manos llegó una de sus novelas, La prueba del laberinto, y después de unos días de lectura puedo decir que se trata de uno de los peores libros en los que mis ojos se han posado.

Mira Angela Merkel lo bien que se lo pasa quemando libros.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Maldita poesía

A mucha gente le gusta la poesía, aunque a veces no la entiendan. Entschuldigung? Pues así es, tú vas juntando palabrejas que riman sin orden ni concierto y lo mismo vas provocando el deleite de esas muchachas iletradas que suspiran cada vez que ven por televisión un anuncio de Nespresso ("es Yor Cluni, ohhhhh…").

Muchas veces los poemas son huecos y aburridos. Ni se narran hechos interesantes ni se describe nada anodino. Pastorcillos y serranos van y vienen en jornadas rutinarias. "Pero es que la poesía trata de eso, de encontrar la belleza en las cosas del día a día". Anda, no me vengas con cuentos, eso lo puede hacer cualquiera. Estoy del bucolismo hasta la pituitaria.

martes, 5 de noviembre de 2013

Cincuenta ñordas de Grey

Mi afición por la etnología surgió a una temprana edad. Todavía recuerdo cómo jugaba a los naipes con una baraja denominada "Familias de 7 países", propiedad de mi madre. En esas cartas había chinos, mejicanos, esquimales, bantúes... Qué hermosos recuerdos, menos mal que en aquellos tiempos no todo fueron latigazos y terapias electroconvulsivas. Siempre he manifestado interés por saber cómo funcionan las sociedades, tanto a nivel de organización como de costumbres. Por eso a menudo reviso las listas de las películas y libros más vendidos, pues las considero unos indicadores muy útiles para conocer mejor el mundo en el que he escogido vivir.

Esta actitud sabia y expeditiva es la que me ha llevado a conocer engendros abyectos del calibre de 50 sombras de Grey (2011), que será el centro de mi ira en este soleado día. La popular trilogía erótica ha vendido más de 30 millones de ejemplares en todo el mundo. Para comprender el alcance de esta pandemia nos remitiremos al portal británico de Amazon anunciando que Cincuenta sombras de Grey había vendido más copias que la saga completa de Harry Potter.

¡Qué fuerteeeeee!

sábado, 21 de septiembre de 2013

El Ulises de Joyce y otras bazofias varias

Pocas cosas me inspiran tanta repulsión como la impostura intelectual. La utilización de la literatura con fines pretenciosos suele engendrar libros infames que se instalan para la eternidad en los altares de los pedantes. Escribir un libro vulnerando a propósito las normas de la estructura del discurso es una de las principales vías para alcanzar la admiración de los culturetas. Vomitar pensamientos incoherentes y faltos de interés en largas parrafadas (superiores a una página en ocasiones) ya supone un efecto llamada a los palurdos que otorgan premios. También podemos ahorrarnos los guiones y las comillas y poner diálogos en frases seguidas, así el lector podrá perder el tiempo interpretando quién dice qué.

Ayer finalicé (¡por fin!) Barrio de Maravillas (1976), una novela de Rosa Chacel harto indigesta. Narra la historia de dos niñas repelentes en el Madrid de principios del siglo XX. Básicamente plasma en primera persona las preocupaciones de una de estas niñas (al parecer hay ciertos tintes autobiográficos en la novela), y eso sería estupendo si hiciera cosas fuera de lo común y no fuera tan insoportable. Insoportable ella e insoportable también su pandilla de amigas, entre las que se encuentra una tal Piedita. Diantre, cada vez que leía semejante mierda de nombre se me corroían las entrañas. Detesto los nombres que surgen a imitación de palabras (en este caso Piedad), actitud acentuada si se emplea un diminutivo. Por cierto, desde aquí concedo el Galardón a los Pésimos Padres para aquellos individuos que bautizan a su progenie con nombres tales como Dolores o Angustias. Hace falta ser hijo de Caín para cargar a una persona con semejante estigma.

A veces un Farenheit 451 selectivo no estaría mal.

lunes, 1 de febrero de 2010

Memorias de un infante

Hermanos, estos días he estado releyendo mi diario de cuando era un infante. Me han llamado poderosamente la atención las faltas de ortografía, característica habitual de todo escrito de un chiquillo (ya se sabe, "sodomía" sin acento, "cadáver" con b, "anal" con h, etc.; en fin, cosas de niño). Sin embargo, lo más destacado han sido los episodios truculentos de mi atolondrada infancia. Entre ellos, he querido transcribir el que leeréis a continuación. Tenía nueve años.