Mi chófer conducía mi limusina (vaya vehículo más descuajeringado), cuando tuvo que detenerse ante un disco rojo. Era de noche, de modo que por aquella avenida el tráfico era ciertamente tenue. Tan sólo un coche había, y justamente se hallaba en el carril de mi derecha, por lo que el contacto visual con la chusma que infestaba su interior era nítido.